
De chiquita, Clara tenía una hoja de cuaderno pegada a la puerta con las reglas de su cuarto (tres cláusulas incluían “no molestar”). Cuando llegó el momento de la independencia y se mudó a esta casa, su madre le regaló la hojita enmarcada que hoy te recibe apenas entrás. Ya pasaron tres años y está instaladísima aquí con Mínimo, su gato.
Ella es adicta a la búsqueda de cosas por Internet. Con tesón y paciencia (realmente hay que tenerla) consiguió casi todo lo que hay en esta casa a través de Mercado Libre. Sillón con potencial + buen precio + retapizado obligatorio + flete desde equis provincia = ¡Venga! ¿Un teléfono público? ¡También! Y si algo le encanta pero no le cierra el número, se las ingenia para comprar los materiales y mandarlo a hacer.
Grosa.



















Otro caso de alguien que acopió objetos de deseo para cuando llegue la hora de mudarse, acá, sola por primera vez.
Hablamos de Paz, arquitecta (¡desde hace horas!), quien llegó a este departamento con su gata Renata y un planito con ideas acumuladas por años. Pero claro, las cosas en la práctica pueden tener muchas variables, y en la adaptación es que se pone a prueba nuestra cintura.
El plan de tener un sillón-cama en el living y así invitar a amigas a dormir no se dio; pero fue reemplazado por una cama de una plaza (comprada vía Mercado Libre -modalidad de la que es fanática- ), que trajo consigo la posibilidad de guardar asuntos debajo. Y si hablamos de resolver problemas de almacenamiento, decidió no darle bola a la idea clásica del sommier y construyó ella misma una base en la que pudiera esconder muchas cajas. No le gusta secar, y menos vasos y tazas: sin lugar para secaplatos, voló dos puertas de alacenas, colgó un barral, y listo. Quedó buenísimo.










